comisionesPazLA CONVIVENCIA PACÍFICA COMO FUNDAMENTO DE LA DEMOCRACIA

LA CONVIVENCIA PACÍFICA COMO FUNDAMENTO DE LA DEMOCRACIA

Por: Daniel Ricardo Reyes Plata

 

Abogado Universidad Santo Tomas – Bucaramanga, Especialista en Derecho Administrativo Universidad Santo Tomas – Bucaramanga., Magister en Derecho Público Universidad de Konstanz – Alemania, Doctorando en Derecho Universidad Sergio Arboleda

 

Desde la teoría democrática contemporánea, la democracia no puede comprenderse únicamente como un mecanismo de agregación de mayorías o de definición de vencedores y vencidos. Su verdadera esencia radica en el conjunto de reglas, principios e instituciones que, a partir del pacto político fundamental plasmado en el ordenamiento jurídico, delimitan lo que puede y no puede hacerse en el ejercicio del poder.

La democracia constitucional moderna se edifica sobre una premisa esencial: el poder político no se legitima únicamente por su origen electoral, sino también por su ejercicio conforme a la Constitución y a las reglas previamente acordadas por la sociedad. En otras palabras, la voluntad popular encuentra su máxima expresión no en la ausencia de límites, sino precisamente en la existencia de un marco jurídico que garantiza derechos, distribuye competencias y establece mecanismos de control frente al poder. La Constitución no es una restricción a la democracia; es la condición necesaria para su existencia y permanencia.

Desde esta perspectiva, el pluralismo político constituye uno de los pilares fundamentales del Estado Social de Derecho. Ninguna corriente ideológica posee un monopolio sobre la verdad, la justicia o el interés general. La deliberación pública, el contraste de ideas y la posibilidad real de alternancia en el poder son elementos que enriquecen la vida democrática y permiten que las decisiones colectivas sean el resultado de procesos abiertos de participación y debate. Una democracia madura no exige unanimidades; exige la capacidad de convivir institucionalmente con la diferencia.

Por ello, resulta indispensable distinguir entre la competencia política legítima y la deslegitimación del adversario. Las sociedades democráticas no se construyen sobre la eliminación simbólica del contradictor, sino sobre el reconocimiento de su derecho a participar, gobernar u oponerse dentro de las reglas constitucionales. Cuando el debate público abandona los argumentos para refugiarse en la descalificación moral absoluta del otro, se erosionan las bases de confianza que permiten el funcionamiento de las instituciones y se debilita la cultura democrática.

 

 

En ese sentido, la fortaleza de la democracia colombiana descansa en la solidez de sus instituciones. A lo largo de las últimas décadas, el sistema electoral y constitucional ha permitido la elección de gobiernos de distintas corrientes ideológicas —de derecha, de izquierda, de centro y de diversas expresiones políticas—, demostrando su capacidad para canalizar legítimamente la voluntad popular y garantizar la alternancia democrática.

Colombia ha construido, con avances y dificultades, una arquitectura institucional que ha permitido resolver las disputas por el poder a través de procedimientos jurídicos y electorales, y no mediante mecanismos de fuerza. Ese tránsito permanente entre diferentes proyectos políticos constituye una de las mayores fortalezas de la República y una manifestación concreta de la estabilidad de sus instituciones. La confianza ciudadana en los procedimientos democráticos es, en sí misma, un activo colectivo que debe ser preservado por encima de las coyunturas electorales.

El verdadero riesgo para la democracia no surge de la diferencia política, sino de la incapacidad de reconocer la legitimidad del otro. Cuando se desconoce el resultado de las urnas porque no coincide con las propias convicciones, o cuando se concibe al contradictor como un enemigo y no como un adversario legítimo dentro del debate público, se debilitan los fundamentos mismos de la convivencia democrática. La pretensión de superioridad moral de cualquier sector político constituye, en últimas, una negación del pluralismo que caracteriza a toda sociedad libre.

 

La invitación, entonces, es a asumir la democracia en toda su dimensión: construir desde las diferencias, respetar las posiciones divergentes y contribuir de manera crítica pero constructiva al fortalecimiento del nuevo gobierno. El progreso de Colombia exige instituciones sólidas, oposición responsable, ciudadanía vigilante y, sobre todo, la convicción de que el desacuerdo político no debe dividirnos como nación, sino enriquecernos como democracia. Corresponde ahora a todos los sectores políticos y sociales demostrar que la defensa de la democracia no consiste únicamente en participar de ella cuando los resultados son favorables, sino también en respetar sus procedimientos, reconocer sus decisiones y contribuir al fortalecimiento de las instituciones que la hacen posible.

 

 

 

La información, puntos de vista, ideas, percepciones y posición ideológica expresadas son responsabilidad única y exclusiva de sus autores

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

back to top button