El choque de dos mundos hacia la “Patria Milagro”.
Por: Fabián Gómez Caro
La campaña presidencial de 2026 dejó claro que la política tradicional, tal como la conocíamos, fue derrotada. Abelardo de la Espriella ganó porque entendió que la política electoral del siglo XXI no es una disputa burocrática por puestos, sino un enfrentamiento emocional, moral y de identidades por el alma del país. Es claro: El Tigre no conquistó la Casa de Nariño con un Programa de Gobierno acartonado ni con discursos de promesas de tecnocracia moderada.
La expresión democrática en las urnas ratificó la fractura geopolítica de la nación. La clave del éxito electoral no estuvo en los debates de ideas, sino en la consolidación de una polarización afectiva y emocional más que ideológica. En el marketing político contemporáneo, el ciudadano ya no vota comparando propuestas económicas de izquierda o derecha; vota movido por la empatía ciega hacia su líder y el rechazo visceral hacia el contrario. Esta división reduce el debate a una lógica tribal de «amigo-enemigo», donde la oposición no es vista como un rival con opiniones diferentes, sino como una amenaza moral y existencial para el futuro del país.
Ganar la Presidencia exigió sintonizar con la «democracia emocional» de la calle y las pantallas; pero gobernar exigirá someterse a las reglas del sistema democrático representativo. El choque que viene es inevitable: la vieja racionalidad analógica del Congreso se enfrenta cara a cara con el marketing de combate de un Presidente disruptivo.
De las urnas al algoritmo: el Capitolio, ya no controla el reloj político
El primer gran choque se dará en las dinámicas de poder entre el ejecutivo y legislativo. El Congreso de la República sigue jugando bajo las reglas del siglo XX: ritos lentos, debates extensos y transacciones a puerta cerrada. El nuevo Presidente, en cambio, concibe el ejercicio del poder como una transmisión en vivo: directa, inmediata, hiperbólica y profundamente emocional con los gobernados.
Ante la falta de puentes de diálogo y de un centro ideológico fuerte, la relación entre el Gobierno de Colombia y el Congreso se ha tensionado al extremo. Así, las votaciones se transforman en un juego de suma cero —un escenario de ‘todo o nada’ donde la ganancia absoluta de una de las partes implica la derrota total de la otra—: o se imponen las iniciativas del Ejecutivo sin ceder un ápice, o la oposición logra hundirlas por completo, anulando cualquier posibilidad de consenso.
El Poder Ejecutivo no recurrirá a la concertación transaccional de apoyos de congresistas, ni buscará recomponer el centro del espectro ideológico, facción que actualmente opera principalmente bajo dinámicas de clientelismo político. La estrategia del nuevo Presidente Abelardo será la campaña permanente. Cuando un bloque político intente dilatar una reforma, la respuesta no será una oferta burocrática; será un video viral exponiendo al congresista ante sus propios electores. El Gobierno sustituirá los incentivos burocráticos tradicionales por mecanismos de presión digital directa sobre la opinión pública. Esta estrategia constriñe al poder legislativo tradicional a condicionar sus dinámicas de debate a la agenda comunicativa del Ejecutivo.
Hay que considerar además que llegarán 120 representantes relativamente nuevos, con 65.5% de renovación, y en Senado del 40%. Esta llegada masiva de algunos perfiles sin trayectoria —activistas, veedores y creadores de contenido— dinamita el tradicional control de las maquinarias de los partidos tradicionales. La falta de experiencia en el Congreso, más de la mitad del Capitolio, podría significar que la disciplina de voto y los antiguos pactos de bancada darán paso a un escenario altamente volátil. Algunos de los congresistas novatos se moverán más por la visibilidad en sus marcas personales y el aplauso digital que por la lealtad de partido, configurando un legislativo bimodal donde el Gobierno se enfrentará a un terreno movedizo.
El bypass presidencial: rescindir de la deliberación legislativa
Para materializar su agenda de orden y autoridad, el gobierno electo prevé la implementación de una amplia batería de decretos desde el inicio de su mandato. Esta modalidad de gobernanza por ejecución directa busca agilizar la gestión pública frente al control tradicional del Congreso. No obstante, esta estrategia genera un conflicto de competencias con el Legislativo, entidad que seguramente activará de inmediato los mecanismos de control constitucional vigentes para mantener el equilibrio de poderes.
Aquí radica el dilema estratégico para la marca del Tigre: si decide ignorar por completo al Capitolio, se arriesga a un bloqueo absoluto del Estado; pero si se sienta a negociar bajo los códigos tradicionales del reparto de cuotas, destruirá la autenticidad del líder implacable y outsider que prometió acabar con «los de siempre».
El primer ‘round’ en el Capitolio: la elección de la Contraloría
El principal escenario de confrontación y negociación política durante este periodo constitucional no estará circunscrito al poder legislativo, sino a las altas cortes y los entes de control. En el contexto político actual de Colombia, el fenómeno de la “judicialización de la política” se ha consolidado como el principal mecanismo de resolución de conflictos de poder. De este modo, la Corte Constitucional y el Consejo de Estado operarán como instancias definitivas de control y contrapeso frente a las facultades extraordinarias y los decretos de emergencia emitidos por el Poder Ejecutivo.
A esto se suma el cerco disciplinario y fiscal. La elección del nuevo Contralor General se convertirá en el primer pulso de poder definitivo para medir qué tan independiente es el Congreso o qué tanta influencia real tiene la Casa de Nariño. Si el Gobierno logra imponerse, la Contraloría será su escudo fiscal; en caso de un resultado electoral adverso, dicho mecanismo operará como un riguroso instrumento de control punitivo e institucional.
Si el Gobierno insiste en imponer sus iniciativas sin concertar con las mayorías del Congreso, este último hará valer su poder e independencia. Responderá usando el control político, la moción de censura y la Comisión de Acusaciones, apoyándose también en su influencia sobre los órganos de control para abrir procesos fiscales exprés al Ejecutivo. El reto tecno-político del Gobierno en este estreno legislativo no será solo ganar la batalla del relato en las pantallas, sino mantener el control de este ente fiscalizador para salvaguardar la continuidad del mandato frente a eventuales medidas o sanciones administrativas inhibitorias.
De la luna de miel al tablero de resultados: la seguridad no se decreta, se financia.
El reloj de los primeros 100 días corre de forma implacable. Las campañas se ganan agitando emociones, pero la gobernabilidad se sostiene con presupuesto y realidades económicas. La trampa de la expectativa es el mayor peligro para el nuevo Gobierno: si los resultados tangibles en las regiones golpeadas por el crimen transnacional no se sienten de inmediato, la misma pasión que montó al Presidente puede convertirse en una frustración colectiva y devastadora.
El éxito del proyecto político del Presidente electo, dependerá de su capacidad para estructurar un esquema de gobernabilidad mixto. Tendrá que aprender a ceder y conciliar en las mesas técnicas de la negociación jurídica y del Congreso, sin ceder un solo milímetro en su pose de líder fuerte e incorruptible ante sus audiencias digitales.
En ese difícil equilibrio entre el rito necesario de las instituciones y la velocidad de la democracia emocional, se jugará el destino de la “Patria Milagro”.
La información, puntos de vista, ideas, percepciones y posición ideológica expresadas son responsabilidad única y exclusiva de sus autores


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