PersonajesDia de las Víctimas: memoria, dignidad y verdad

Dia de las Víctimas: memoria, dignidad y verdad

Por: Daniel Ricardo Reyes Plata, secretario de la Comisión de Paz Cámara de Representantes.

 

Colombia conmemora cada 9 de abril el Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas, una fecha que debería obligarnos a detenernos, a mirar de frente nuestra historia y a asumir, sin evasivas, el peso de lo ocurrido y la responsabilidad de construir el futuro. No es un día cualquiera. Es, quizás, uno de los pocos momentos en los que el país tiene la oportunidad de reconocer el dolor, escuchar a quienes sufrieron la violencia y entender que la paz se cimienta en la memoria, no en el olvido. Sin embargo, persiste un riesgo que debilita este propósito: la instrumentalización política de las víctimas.

 

“Hablar de víctimas exige un compromiso ético que trasciende la retórica, implica reconocer su dolor sin condicionamientos, sin sesgos ideológicos y, sobre todo, sin utilizarlas como herramientas para validar posturas políticas.”, Mencionó el secretario de la Comisión de Paz de la Cámara de Representantes, Daniel Ricardo Reyes Plata

 

Las víctimas no son cifras, no son discursos ni argumentos de ocasión. Son personas reales, con nombres, historias y heridas que no prescriben con el paso del tiempo. Cada una representa una fractura en el tejido social colombiano, una señal de que el Estado, la sociedad o ambos fallaron en su deber de proteger la vida y la dignidad. Por ello, hablar de víctimas exige un compromiso ético que trasciende la retórica: implica reconocer su dolor sin condicionamientos, sin sesgos ideológicos y, sobre todo, sin utilizarlas como herramientas para validar posturas políticas.

 

 

Durante años, el país ha avanzado en la construcción de marcos normativos y políticas públicas orientadas a la reparación, la verdad y la justicia. No obstante, estos esfuerzos pierden legitimidad cuando el discurso público convierte a las víctimas en trincheras: cuando se seleccionan unas para visibilizarlas y otras para ignorarlas; cuando se jerarquiza el dolor según la conveniencia política o cuando la memoria deja de ser un ejercicio de verdad para convertirse en un campo de disputa. Ese no es el camino de la reconciliación; es, por el contrario, una forma silenciosa de perpetuar la división.

“Recordar no es señalar culpables de manera selectiva ni reescribir la historia para ajustarla a una narrativa conveniente. Recordar es aceptar que el conflicto armado dejó víctimas en todos los sectores, en todas las regiones y bajo múltiples formas de violencia, y que todas, sin excepción, merecen respeto.”, Mencionó el secretario de la Comisión de Paz de la Cámara de Representantes, Daniel Ricardo Reyes Plata

La memoria, bien entendida, no es un relato único ni homogéneo; es un mosaico complejo de experiencias que deben ser reconocidas en su totalidad, incluso cuando incomodan. Recordar no es señalar culpables de manera selectiva ni reescribir la historia para ajustarla a una narrativa conveniente. Recordar es aceptar que el conflicto armado dejó víctimas en todos los sectores, en todas las regiones y bajo múltiples formas de violencia, y que todas, sin excepción, merecen respeto.

En este punto, el país debe hacer un ejercicio de madurez democrática. Respetar a las víctimas significa no apropiarse de su voz, no hablar en su nombre por conveniencia y no convertir su dolor en una estrategia discursiva. Significa garantizar espacios reales de participación, fortalecer los mecanismos de verdad y reparación, y asegurar que sus testimonios no sean manipulados ni distorsionados. La dignidad de las víctimas no puede estar sujeta al vaivén de la política.

 

 

El Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas debe ser, entonces, algo más que una conmemoración. Debe ser una reafirmación colectiva de principios: (i) que la memoria es un derecho, (ii) que la verdad es una obligación, y (iii) que la dignidad humana es el límite infranqueable de cualquier proyecto político. Si el país pierde de vista estos pilares, corre el riesgo de banalizar el sufrimiento y de convertir la historia en un instrumento de confrontación permanente.

Hoy más que nunca, Colombia necesita entender que la paz no se decreta ni se impone; se construye sobre la base del reconocimiento, la empatía y el respeto. En ese proceso, las víctimas no pueden ser utilizadas como banderas de lucha ni como símbolos de conveniencia. Deben ser reconocidas como lo que son: el centro moral de nuestra historia reciente y la razón principal para no repetirla.

Porque cuando una sociedad convierte el dolor en herramienta política, deja de honrar a sus víctimas; pero cuando las escucha, las respeta y aprende de ellas, empieza, por fin, a construir un futuro distinto.

 

 

 

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